Guada

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La vez que un cangrejo me dio una curita para el alma

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La vez que un cangrejo me dio una curita para el alma

Salí a caminar buscando un poco de calma y regresé con una forma diferente de mirar la vida. Nunca imaginé que la naturaleza pudiera reflejarme justo lo que necesitaba ver.

Hace unos días estaba en casa trabajando, un día normal como tantos otros, cuando recibí una noticia súper dolorosa. Había ocurrido un desastre natural en un país que afectó a miles de personas. Tenía el corazón estrujado de dolor e impotencia. Sentía que, por más que hiciera, a menos que hubiera desarrollado la capacidad de hacer milagros —lo cual claramente no era el caso—, no iba a poder salvar a toda esa gente ni arrancarles el dolor del pecho.

Mi refugio

Siempre que me siento mal o necesito conectar conmigo misma, me gusta refugiarme en la naturaleza. Así que eso hice. Después de un par de días sintiéndome así, decidí ir a caminar por la playa, sin hora de regreso. Solo quería salir y volver cuando me cansara o cuando encontrara un curita para mi alma, lo que sucediera primero.

Llegué a la playa y comencé a caminar. El mar me recibió con un corazón roto y una mente caótica, llena de pensamientos negativos.

Mente afuera, conecta con tu alma y observa

Caminé unos metros y, entre paso y paso, mi mente fue dejando atrás los pensamientos negativos para reemplazarlos por el sonido de la marea.

Seguí caminando y, de repente, vi algo que se movía en la arena, a un par de metros de distancia. Me acerqué y era un grupo de cangrejos. Apenas me acerqué, todos comenzaron a hacer un hueco en la arena con sus pinzas hasta quedar completamente cubiertos.

Por supuesto, decidí quedarme ahí observándolos y esperar a ver si salían. Y así fue. Me quedé quieta y, al cabo de unos minutos, todos volvieron a asomarse y siguieron su camino hacia un pequeño charco de agua.

Me quedé observándolos un buen rato y me enamoré de sus colores, un hermoso azul metálico.

Después de mirar a ese grupo de cangrejos, levanté la vista para contemplar el horizonte y fue entonces cuando me di cuenta de que la playa estaba cubierta de cangrejos. Nunca había visto tantos juntos.

Me quedé un rato más observándolos y decidí continuar con mi caminata.

Más adelante noté que la arena, en la parte donde estaban los cangrejos, tenía una textura diferente. Me acerqué para verla mejor y entendí por qué: cuando los cangrejos se esconden o salen de la arena, forman pequeñas bolitas de arena húmeda.

Y ahí fue donde encontré mi curita para el alma.

Seguramente te estarás preguntando:

"¿Cómo, Guada? ¿Tapaste tu dolor con unas bolitas de arena hechas por cangrejos?"

No exactamente.

En ese preciso momento apareció un pensamiento: no importa qué tan pequeña sea una acción, sí hace la diferencia. Quizás no cambie el mundo ni resuelva todo, pero definitivamente tiene un impacto. Y quizás ese impacto sea mucho más grande de lo que imaginamos.

Cuando esa acción se replica en toda una comunidad, el impacto es aún mayor.

Esas pequeñas bolitas de arena, hechas por pequeños cangrejos, habían cambiado por completo el patrón de la playa. Bastaba con mirar la textura de la arena para saber dónde habían estado.

Eso también me recordó que, por más dolorosa que sea una situación —personal, interna o externa—, todos tenemos una luz propia. Y vale la pena actuar desde esa luz, donde sea que estemos y de la manera que podamos, porque tiene un impacto. Quizás lleguemos a verlo y quizás no, pero que no lo veamos no significa que no exista.

Finalmente, también me ayudó a cambiar mi foco de atención. En lugar de concentrarme en el dolor y en todo lo que no podía hacer, empecé a mirar aquello que sí estaba en mis manos y todo lo bonito que también estaba ocurriendo en medio de la tragedia.

Fue ahí cuando entendí que estamos compuestos de oscuridad y de luz; somos ambas cosas. Y que cada uno elige dónde vivir con sus pensamientos y sus acciones. Dependiendo de dónde elijas habitar, también será aquello que más percibas.

Hora de actuar

Salí de esa playa con el corazón lleno de fuerza y esperanza. Volví a mi casa y decidí ayudar de la manera que pudiera, con lo que pudiera. Me sentí en paz y feliz sabiendo que, puse mi pequeña bolita de arena.

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